Quedaba
la hoguera armada,
el caldero que antes
vestía de oro y plata
transmutando metales en oro,
y exterioridad en Nada.
El muro de fusilamiento
se siente extrañamente meditabundo,
ajeno
a toda la rabia del mundo.
La bala
presiente la postrera batalla,
ansiosa busca el blanco
que merezca el último impacto.
¿Valió la pena, Sensei,
que los jinetes del Apocalipsis pelearan?
¿Quién les devolverá
su ingenuidad robada?
Hay un Dios omnipotente,
y absurdamente empeñado
en ironizar a un Apolo
que tira flechas entre bala y bala.
El titiritero del Rey,
cómodamente miraba,
la novela de las seis
y aburrido se quejaba:
"no quedan guerreros de ley,
sólo quedan las alas y los mercenarios".
Merecemos en encierro
y toda la repugnancia;
caminemos, sin honra hacia esa hoguera,
mis negras Brujas amadas,
no hay Aquellare más bello
que en el que a todas nos quemaban,
me dijo el Guerrero Viejo
que había perdido
todas las batallas.
No habrá Viejo Mago,
ni Dragón ni Águila
que cambie la estirilad
de nuestras inmundas alas.
la hoguera armada,
el caldero que antes
vestía de oro y plata
transmutando metales en oro,
y exterioridad en Nada.
El muro de fusilamiento
se siente extrañamente meditabundo,
ajeno
a toda la rabia del mundo.
La bala
presiente la postrera batalla,
ansiosa busca el blanco
que merezca el último impacto.
¿Valió la pena, Sensei,
que los jinetes del Apocalipsis pelearan?
¿Quién les devolverá
su ingenuidad robada?
Hay un Dios omnipotente,
y absurdamente empeñado
en ironizar a un Apolo
que tira flechas entre bala y bala.
El titiritero del Rey,
cómodamente miraba,
la novela de las seis
y aburrido se quejaba:
"no quedan guerreros de ley,
sólo quedan las alas y los mercenarios".
Merecemos en encierro
y toda la repugnancia;
caminemos, sin honra hacia esa hoguera,
mis negras Brujas amadas,
no hay Aquellare más bello
que en el que a todas nos quemaban,
me dijo el Guerrero Viejo
que había perdido
todas las batallas.
No habrá Viejo Mago,
ni Dragón ni Águila
que cambie la estirilad
de nuestras inmundas alas.

